Puede parecer de lo escrito hasta aquí que el problema se debe a una coincidencia de errores de control del mercado especulativo, y de una irresponsable asunción del riesgo por parte de todos los actores del sistema financiero, desde los gobiernos, que no solo no regularon, sino que invirtieron y se beneficiaron de los impuestos de una especulación sin freno; hasta los compradores finales de bienes cuyo coste distaba mucho de estar al alcance de sus ingresos reales.
Sin embargo aunque que todo lo visto hasta aquí es muy grave, no explica adecuadamente la crisis.
La teoría que aquí se desarrolla sostiene que esta crisis no es más que un ajuste brusco a la riqueza real, provocado por el estallido de un sistema económico que se había convertido en piramidal.
Veamos para entender esta teoría un modelo reducido que permita visualizar el problema. Si usted compra un producto mediante un crédito que paga en un año, usted recibe un bien para cuya adquisición aún no ha generado la riqueza que corresponde como contrapartida; la generará a lo largo del año en el que paga el préstamo. Se produce pues un pequeño desequilibrio entre la riqueza real, el bien adquirido, y la riqueza virtual, el compromiso de que lo pagará en un periodo de tiempo en el que la riqueza virtual se irá convirtiendo en riqueza real mediante las amortizaciones, fruto de su creación de riqueza mediante su trabajo.
Cuando quien presta es una entidad financiera, puede hacerlo de parte de su capital, y la situación dependiendo de los intereses que aplique, es perfectamente asumible. El desequilibrio generado por el tiempo que tardará en devolverse el préstamo, puede considerarse incluso necesario para provocar un crecimiento controlado.
Lo que sucede en las fases de euforia compradora es que las entidades prestan más dinero de lo que tienen como capital; para ello acceden (legalmente) a los ahorros de sus clientes. En este caso, y salvo que una parte muy importante de los ahorradores quieran retirar su dinero en el mismo momento, el sistema también puede funcionar. No obstante existe un grave riesgo de que por rumores que produzcan situaciones de pánico se genere una crisis de liquidez y una catástrofe financiera.
Con objeto de mejorar aún más las cuentas de resultados, y presionadas por la demanda y por la competencia, las entidades financieras ponen aún más crédito en el mercado, no siendo suficiente la suma de su capital y el ahorro de sus clientes. Para hacerlo se ven obligados a buscar financiación. !Las entidades financieras tienen que pedir prestado dinero para poder seguir prestando !.
Con este mecanismo empezamos ya a provocar un desequilibrio muy importante entre la riqueza real, que es lo que estoy adquiriendo; y la contrapartida, que definiremos como virtual y futura porque la pagaré dentro de tiempo x.
Este desequilibrio, aceptable, e incluso necesario en su justa medida, se convierte en peligroso si aumenta excesivamente, ya que las cantidades prestadas y los plazos, se extienden tanto que no dará tiempo a que la riqueza virtual se convierta en real. Tomemos por ejemplo la deuda de países emergentes, cuya riqueza contrapartida es posible incluso que nunca llegue a generarse.
Desgraciadamente las 'fuerzas financieras' han encontrado el modo de ir más lejos aún inventando los “Hedge Funds” que consisten en estrategias mediante las cuales venden y compran acciones, bonos, futuros y otros tipos de derivados, pero sin límite de ninguna clase, pudiéndose por ejemplo concentrar toda la inversión en un mismo tipo de riesgo.
Hace años, cuando estos 'Hedge Funds' proliferaron en los mercados provocaron la crisis asiática, la brasileña y, ahora, la nuestra. Por no citar su responsabilidad sobre la subida del crudo y de los cereales. Era el momento de haber tomado medidas, pero no se hizo nada.
Los fondos de riesgo se multiplican, pero son tan complejos y las entidades que los emiten tan poderosas, que hasta ahora los reguladores y políticos no se han atrevido a intervenir.
El uso indiscriminado de estos productos, con cifras de inversión que superan lo imaginable, crean unos beneficios con escasa contrapartida en la generación de riqueza real, aumentando lo que hemos denominado "desfase entre riqueza real y riqueza virtual".
Cuando este desequilibrio se convierte en abismal, acaba reaccionando bruscamente ante cualquier catalizador, tendiendo a equilibrarse de forma automática.
Es como un globo que se hincha cada vez más hasta que un elemento, al que inocentemente se señalará como único culpable, -en esta crisis lo han sido las hipotecas subprime-, hace explotar el sistema.
Inmediatamente después de la explosión, la economía tenderá automáticamente a equilibrar la riqueza virtual con la real, provocando un empobrecimiento generalizado de mayor dimensión incluso que el desfase que trata de equilibrar.
Por decirlo en otras palabras. Nuestra sociedad occidental, cuyo modelo ya afecta a todo el globo, ha generado a lo largo de los últimos años, y por culpa de: ingresos artificiales derivados de la ingeniería financiera; la especulación sobre productos básicos para la economía social, y un excesivo mal uso de crédito, una riqueza virtual inexistente, que no tiene el necesario respaldo en la riqueza producida.
Con nuestros errores hemos convertido la economía de mercado en modelo económico piramidal.
Lo maravilloso de esto, si no fuese tan dramático, es que el dinero desaparece literalmente del mercado: no está en ningún sitio, se ha volatilizado como si hubiese sido un espejismo; pero lo que ha sucedido es que solo queda la riqueza real, que es muy inferior a la que creíamos tener antes de la crisis, que era virtual. Realmente solo 'desaparece' el dinero espejismo, pero desgraciadamente el dinero real solo es suficiente para una parte de lo que la economía demanda, y la debacle está servida.
No es que nos encontremos ante un problema exclusivo de falta de ética, es que las consecuencias de lo que estaba pasando no habían sido identificadas y corregidas con tiempo suficiente por una cuestión de simple ignorancia.
El modelo actual, al igual que los sistemas piramidales ya conocidos, funciona mientras crece el consumo, (mediante el crédito), a un ritmo cada vez mayor, pero como todo sistema piramidal termina necesariamente desplomándose.
La gran depresión de 1929 causada por la caída en la oferta monetaria de un 30%, fue debida seguramente a un ajuste entre la riqueza real y la riqueza virtual similar al que se está produciendo en estos momentos.
Para corregirlo solo cabe asumir un empobrecimiento de la economía hasta ajustarla a la riqueza real; a partir de ahí debemos trabajar para conseguir una tasa de crecimiento cuya pendiente no sea excesiva ni artificial, estableciendo controles sobre el origen y el destino del crédito: sobre el origen porque debe provenir de riqueza ya creada; y sobre el destino, porque debe limitarse la cantidad del mismo que puede dedicarse a la especulación.
Adicionalmente propongo la creación de un organismo dentro de las Naciones Unidas, o de cualquier otro estamento internacional en el que estén representadas las potencias económicas más importantes.
Este organismo se ocuparía de definir los marcos de actuación y las reglas del juego financiero.
Considero importante que también participen las universidades que considero co-responsables por no haber sabido predecir una crisis de estas dimensiones; ocupadas tal vez más en analizar antiguas teorías y crisis pasadas, que en determinar a dónde conduce el modelo económico y social en el que todos vivimos.
Es el momento de tener en cuenta, como se sugiere en el capítulo cuatro, que la especulación con bienes primarios tiene unos efectos muy negativos sobre la economía ya que repercuten en la fuerza productiva encareciendo los costes de producción y generando inflación. Sugiero la creación de una lista de ‘bienes primarios de la humanidad’ sobre los que no cabría especulación alguna, y sobre las que debe establecerse un control férreo que limite los mecanismos financieros que pueden actuar sobre ellos.
En esta lista estarían entre otros el arroz, el trigo, el maíz, la energía, la enseñanza, la vivienda, y la salud.
Debe necesariamente existir financiación para ellos; pero financiación no debe ser sinónimo de especulación. Estaría permitido, por ejemplo, comprarse soja a futuro, pero para garantizarse un precio de producción, no como mera apuesta para obtener un diferencial, sin interés alguno en la compra final, y mucho menos apuestas a la baja.
Evitar la especulación sobre los elementos básicos de la sociedad, no es solo cuestión de ética; cuando el coste de los elementos críticos es muy alto, el trabajador emplea para obtenerlos la mayor parte del salario, y le quedará poco margen para consumo de otros bienes. Recordemos que si el dinero no circula, las empresas no pueden mantener, ni su actividad, ni el empleo.
martes, 11 de noviembre de 2008
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